Columna del Experto

GÉNERO E IGUALDAD

21/07/2021

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* Por Patricia Méndez, Doctora – Medicina Laboral en Provincia ART

Los seres humanos crecen con estereotipos de género que explican una relación social. Sea cual fuese la cultura en la que estén inmersos, en mayor o en menor medida, estos estereotipos de género se van impregnando desde la infancia. Aquí es importante distinguir que, mientras el sexo biológico está determinado por características genéticas y anatómicas, el género es una identidad adquirida y aprendida que varía ampliamente intra e interculturalmente; no se refiere exclusivamente a las mujeres o a los hombres, sino a las relaciones entre ambos.

En el jardín y en el colegio, se suele felicitar a las niñas que son aplicadas, ordenadas, que hablan lo justo, que son colaboradoras, atentas y serviciales con su grupo. A los niños se les valora el liderazgo, la curiosidad, la travesura y la audacia. A edades tempranas ya son considerados más inteligentes, más analíticos, mejores en la ciencia (esto está respaldado por una publicación científica de la Universidad de Harvard del año 2005, donde se concluía “que las mujeres no tienen un talento innato para la ciencia, pero si se esfuerzan pueden llegar”).

En una juguetería, el sector de niñas está teñido de rosa y de arcoíris: hay muñecas, bebotes, tacitas de té, pequeñas cocinas. En el sector celeste de los niños hay pistas de carrera, autos, tractores, juegos de violencia, armas y espadas. Y, lo que es más: si una niña escogiese los juegos de aventura, el microscopio o el disfraz de superman, se festejaría porque «quizás un día mi niña logre abrirse paso entre pacatos y sea la próxima Marie Curie». Sin embargo, si el varón eligiese el lavarropas o las princesas de Disney, quizás de manera prudente, se procuraría enseñar lo que sea que hubiese adentro de un chasis.

Estas desigualdades, son sostenidas, van variando y atravesando distintos matices de acuerdo con las edades y contextos. Continúa en el desarrollo en sociedad y por supuesto también impacta a nivel individual: nuestros cerebros se adaptan y crecen de acuerdo con estas reglas.

Un grupo destina demasiadas horas por semana a lucir bien, a agradarse para agradar, a ajustarse a ideales de belleza y juventud inalcanzables, a ocuparse de las tareas del hogar, a las tareas de cuidado, ocupando tiempo mental que el otro grupo muchas veces ni siquiera contempla. Y, como muchas otras desigualdades que han sido naturalizadas, hay que removerlas si queremos generar lugares de trabajo y sociedades con igualdad de género.

Antropológicamente, ser hombre representa una situación de privilegio respecto a ser mujer o pertenecer a otra identidad de género minoritaria.

El origen de la desigualdad y la violencia de género surge en la antigüedad cuando el hombre tenía la potestad sobre la mujer. Primero, la mujer pertenecía a su padre; luego del casamiento, pasaba a ser “la mujer de”; si por alguna razón no contraía nupcias o no podía sostener su “rol reproductivo”, era socialmente estigmatizada. Es decir, la violencia del hombre contra la mujer estaba permitida jurídicamente o, en otras palabras, la justicia no estaba hecha para las mujeres.

Ellas no tenían asidero ni en la vida política ni en la vida pública, siendo sometidas a un fuerte escrutinio social y las pocas que tenían acceso al poder, eran masculinizadas, ridiculizadas, tratadas como locas o como “interesadas”: eran vistas con suspicacia tanto por hombres como también por mujeres.

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